Revelaciones

Noviembre 28, 2006

Lunes de Sipirra sin serlo. Las revelaciones empezaron desde una seductora invitación del Mocho, quien , misteriosamente me propuso observar “las favelas” de Riosucio (recordando la película “Doña Flor y sus dos maridos” en la que se encuentra el verdadero carnaval en los barrios de suburbios de Rio). Y sí, llegamos a una de las guaraperías que hay dentro del casco urbano…lúgubre en un comienzo, me sentí desprotegida por el hecho irrefutable de ser mujer en medio de borrachos hasta la saciedad. Pero pronto se disolvió ese vaho de desconfianzá; pronto me vi rodeada de borrachines guaraperos quienes tenían en común el ser camioneros -o taxistas, en su defecto-: “el médico”, quien había tenido que dejar su carrera de medicina tras la muerte de su padre para cuidar a sus ocho hermanos, y dedicándose a los camiones, así como su difunto congéner; “El gato”, un taxista cuya hombría física se veía cuestionada por su actitud frente a los hombres estando borrracho, éste es hermano del médico; “Tico tico”, borracho de gran reputación en toda la región, desde Aguacatal hasta Riosucio (había tenido oportunidad de conocerlo bailando solo frente la precaria tarima de la fiesta de la parranda), a quien se le repetía continuamente que era un bobo marica, y sí, aunque quisiera negarlo con una mirada fuerte de macho de la región, no podía ocultar su gusto por los demás borrachines y “Pérez”, exfuncionario del DAS en Bogotá, quien ennumeraba una y otra y otra vez los lugares en los que había hecho su vida en la ciudad…andariego, como todos los demás. “Mocho”, quien merece otro cápítulo en la historia de este viaje, tuvo la función de presentador, mientras conocía estos personajes.

De mi visita a la guarapería, me di cuenta que el carnaval está ahí – tal como en Doña Flor-, si pudiera describir el comportamiento de cada uno de ellos y lo “grotesco”- en términos de Bajtin- que resultaban; si  tan sólo pudiera trasmitir esa sensación de irrealidad (y eso que no alcancé a llegar a ese momento revelador de la borrachera) que tuve en medio de este espacio -un sótano- con olores característicos y personajes bien singulares…

again

Noviembre 23, 2006

Llegar a Riosucio nuevamente significó un nuevo comienzo. Supuse que tendría que comenzar de una forma distinta, ya que ahora empezaba una nueva fase. Pero primero tenía que saber el sentido de ésta. ¿Cuál es mi labor ahora, cuando se me hace tan familiar este pueblo que apenas hace un mes era desconocido para mi? Tenía que cuestionarme y pensar qué y cómo fue mi primera relación con este mundo, cómo lo aprehendí y cómo nos entendimos. Por ahora sólo tenía un confuso recuerdo, tamizado por una familiaridad que estaba afuera, en la cotidianidad, en la calle, en los cafés y que esperaba por ser reinterpretada a la luz de un nuevo vivir.

Tuve que empezar otra vez, porque el peso de la cotidianidad alejaba de mí el asombro (elemento sin el cual no es posible enterarse de sí en otra parte) y lo extraño dejaba de serlo para volverse lo normal.

Quería que las caras ya familiares de Hugo, de Marta, de Alberto y Eliana se descubrieran nuevamente para decirme más de si. Era precisamente esa familiaridad la que, empero, me daba el hálito para afrontar este nuevo descubrir.

En efecto, la llegada desentrañó un encuentro con sentimientos y con un lazo ya formado que no se había nombrado hasta ahora, cuando el sentirse cálidamente recibida contrastaba definitivamente con el primer arribo a este pueblo.

Justo cuando empezaba, no sin cierto temor, a preguntarme sobre mi nuevo sentir y propósito en este tan nombrado Riosucio, empecé a notar que las historias narradas en Bogotá, a propósito de ese tipo de preguntas que suelen hacérsele al viajero que vuelve de un lugar desconocido (porque esto era, para mis cercanos, este pueblo encerrado en montañas), contenían ya en sí mismas, si bien simplificadas, las respuestas a mis angustias sobre el cómo había asido mi vivir en este mes de descubrimientos. El que el pueblo fuera de locos, o que por lo menos una buena parte de los locos se apoderaran de éste para hacerlo su morada, fue una de las respuestas que obtuve de mi devenir.

La nueva etapa (así fue nombrada por el equipo) buscaba nuevos objetivos que, viéndolos tal y como un ser humano que se preocupa poco por los asuntos de la conciencia (bueno, no sé si llamar así a ese angustioso ronronear que va sugiriendo preguntas abrumadoramente silenciosas y presentes en la cabeza) se presentaban más fáciles que los de la anterior: ya no tenía que “entrar”; ahora mi labor consistía en elaborar historias de vida de quince personajes, encontrar cinco candidatos al protagonismo del documental, escarbar los diversos archivos existentes y continuar la exploración de los archivos familiares. Esas eran mis funciones objetivas. La conciencia, sin embargo, me susurraba otras, tácitas, difíciles de apalabrar y que se perdían en una miríada de sentimientos que, como investigadora no se me permitían. La añoranza de usted mientras no somos uno, era un ejemplo de éstos.

Vertiginosamente me daba cuenta de que el camino debía ser emprendido y ya, sin miramientos.

Siempre con la seguridad maltrecha del historiador con visos de antropólogo que busca respuestas en lo escrito, más que en lo sentido, empecé asegurándome de que lo que hasta ahora había sido guiado por la intuición y el tacto, correspondía a lo que los manuales de un buen antropólogo llaman trabajo etnográfico. Comprobando la necesaria “sistematización” de la totalidad que se pretende abordar mediante la “observación participativa” o, como lo he venido llamando hasta ahora, sin la legitimidad que otorga la academia (ya que, no se olvide cuán distintas se piensan la historia y la antropología) “devenir en”, emprendí de nuevo mi viaje (éste, que no ha dejado de enseñarme y de cuestionarme)

Ese día (ayer) supe que Marta  es una berraca; que Chory un artista; que la ASOGUAR (Asociación de Guaraperos Riosuceños) de Cola e’ pato existía desde hace muchos años y que nos sólo estaba dedicada a dignificar un hábito condenable por una sociedad bien moralista, también a hacer obras públicas olvidadas por el gobierno municipal, como la decoración de la plaza de abajo en fechas navideñas en medio de una sancochada acompañada, obviamente de guarapo, o como la adecuación de la vía que conduce a Sipirra, donde los recibieron con bombos y platillos, con un marrano y …guarapo; supe que para los “volantistas” fue mucho más importante el prestigio de un decreto en decadencia que la réplica a uno de esos tantos escritores que surgen  esporádicamente al calor de una crítica que requiere ser publicada; que Eliana vive los conciertos en Bogotá por medio del celular y que se emociona con cada llamada porque significa la evocación de un mundo que desea pero que al mismo tiempo teme asumir por lo que significa dejar Riosucio y todo los planes y proyectos que, desde acá, parecen posibles; ratifiqué que no sólo un infortunio económico genera una profunda depresión. En fin, como me lo sugirió el signore, entendí que las historias de vida cuentan y explican más que una narrativa que se pretende histórica.

 

auto de fe

Noviembre 2, 2006

 Después de haber establecido cierta familiaridad con los personajes, la organización y el vivir del carnaval, empiezo a tener otras dudas referidas ya al cómo abordar su historia. Siento que las preguntas que estaba haciendo en una primera fase se están agotando, ya que en un principio estaban destinadas a un acercamiento “panorámico”: quiénes, historia, cómo, y cuando…preguntas que me situaban en un campo intuido, pero desconocido en la práctica. Ahora, que ya se empiezan a parecer las respuestas, que muchas veces se hacen predecibles, sé que tengo que hacer un viraje. ¿Hacia dónde?. Las historias personales parecieran remitirme una y otra vez al mismo círculo de gestores del carnaval: poetas, músicos, locos y borrachines. Los silencios parecieran ser los mismos en una colectividad que ha construido su historia basada en seres que guardan su saber encapsulado bajo la disculpa de la desconfianza y la autoría. Los archivos (de la Junta, de Extensión cultural) no me pueden decir más sino desde la oficialidad –al menos que…-, por un lado, y desde la puesta en escena (letras de los decretos, de las cuadrillas), por el otro. El trabajo de entrevistas se debate entre lo histórico –anecdótico- y lo antropológico, sin que exista todavía esa seguridad sobre qué historia (s) contar y, por ende, qué preguntas hacer y cuáles respuestas buscar.

Estoy buscando el sentido de la fiesta, ¿pero hay que buscarlo? No estará ahí, sin tener que escudriñar escépticamente en cada una de las experiencias vividas?

Y vuelve y juega: ¿para qué?

Mientras tanto, sigo buscando y preguntando, no se preocupen que esto es sólo una suerte de automeditación…

jornadas guaraperas

Octubre 31, 2006

Parece que la fiesta no termina…después del decreto, el pueblo se ha rehusado a entrar en la cotidianidad y en el tedio de los días (que, en realidad parecieran, hasta ahora, no poseer ese carácter que nos asusta tanto al naviero y a mí). El lunes siguiente, Sipirra, pueblo de encanto gastronómico y guarapero: partido de fútbol, en una tarde lluviosa. La concurrencia no fue copiosa; normalmente dicen que lo es. Lo que sí, es que todos los asistentes son fieles consumidores de guarapo hasta la saciedad. De ahí las innumerables riñas y problemas que suelen suceder por la noche, después de litros del famoso guarapo sipirreño.

Martes y miércoles en tranquilidad, si bien algunos no desaprovecharon el calor nocturno para integrarse a las “noches del Ingrumá”…

Y el jueves, celebración de los 25 años del Cridec (todavía no sé qué significan las siglas, pero bueno, es una asociación de cabildos indígenas): música, desfile y…guarapo (que me hace preguntar ¿el carnaval rompe la cotidianidad?). Como buenos investigadores (y como ignotos visitantes) grabamos el desfile y se nos armó el boroló. Como viles infiltrados (de qué) se nos inquirió sobre la razón de nuestra investigación… en cortas palabras, se evidenció otro de los aspectos de la situa con los indígenas; es bien difícil entender este aspecto, pero me causa un interés grande, porque pienso que el problema reposa latente bajo la premisa de un mestizaje que tal vez no lo es y que el discurso entorno al diablo y al carnaval se ve cuestionado.

El galante y nostálgico señor Alberto Ospina (legendario matachín, testigo del carácter “terapéutico” del carnaval) ha sido fuente de innumerables historias y acercamientos. Guiada por don Alberto , ayer me encontré por la vida con Don José María Cataño “Chepe”, histórico doctor de estos lares, noventa años y con toda una vida de carnavales (de cuadrillas que marcaron hito en el sentir de la gente). Con este encuentro tuve la oportunidad de confirmar el carácter “histórico” del diablo, en el sentido de responder a un discurso determinado. Hizo tanto énfasis en el carácter secundario de ésta figura (de hecho se presenta como una figura “de apoyo” para los cuadrilleros quienes se veían instigados por los niños y tenían que acudir a numerosos diablitos para espantarlos) que me pregunto desde cuándo se instaura esta figura –que parece coincidir con el discurso del mestizaje-, no sé si estoy “meando fuera del tiesto” pero me late…

Ah! Volviendo al guarapo: viernes, sábado, domingo y hasta ayer lunes, se congregaron en la plaza no sólo indígenas, también riosuceños (que ojo, parecen no coincidir…si bien cada vez más y más personas quieren obtener un prestigioso título ancestral) para bailar, escuchar música y tomar…guarapo.

Hoy, el día de los niños (con desfile incluido).