again

Noviembre 23, 2006

Llegar a Riosucio nuevamente significó un nuevo comienzo. Supuse que tendría que comenzar de una forma distinta, ya que ahora empezaba una nueva fase. Pero primero tenía que saber el sentido de ésta. ¿Cuál es mi labor ahora, cuando se me hace tan familiar este pueblo que apenas hace un mes era desconocido para mi? Tenía que cuestionarme y pensar qué y cómo fue mi primera relación con este mundo, cómo lo aprehendí y cómo nos entendimos. Por ahora sólo tenía un confuso recuerdo, tamizado por una familiaridad que estaba afuera, en la cotidianidad, en la calle, en los cafés y que esperaba por ser reinterpretada a la luz de un nuevo vivir.

Tuve que empezar otra vez, porque el peso de la cotidianidad alejaba de mí el asombro (elemento sin el cual no es posible enterarse de sí en otra parte) y lo extraño dejaba de serlo para volverse lo normal.

Quería que las caras ya familiares de Hugo, de Marta, de Alberto y Eliana se descubrieran nuevamente para decirme más de si. Era precisamente esa familiaridad la que, empero, me daba el hálito para afrontar este nuevo descubrir.

En efecto, la llegada desentrañó un encuentro con sentimientos y con un lazo ya formado que no se había nombrado hasta ahora, cuando el sentirse cálidamente recibida contrastaba definitivamente con el primer arribo a este pueblo.

Justo cuando empezaba, no sin cierto temor, a preguntarme sobre mi nuevo sentir y propósito en este tan nombrado Riosucio, empecé a notar que las historias narradas en Bogotá, a propósito de ese tipo de preguntas que suelen hacérsele al viajero que vuelve de un lugar desconocido (porque esto era, para mis cercanos, este pueblo encerrado en montañas), contenían ya en sí mismas, si bien simplificadas, las respuestas a mis angustias sobre el cómo había asido mi vivir en este mes de descubrimientos. El que el pueblo fuera de locos, o que por lo menos una buena parte de los locos se apoderaran de éste para hacerlo su morada, fue una de las respuestas que obtuve de mi devenir.

La nueva etapa (así fue nombrada por el equipo) buscaba nuevos objetivos que, viéndolos tal y como un ser humano que se preocupa poco por los asuntos de la conciencia (bueno, no sé si llamar así a ese angustioso ronronear que va sugiriendo preguntas abrumadoramente silenciosas y presentes en la cabeza) se presentaban más fáciles que los de la anterior: ya no tenía que “entrar”; ahora mi labor consistía en elaborar historias de vida de quince personajes, encontrar cinco candidatos al protagonismo del documental, escarbar los diversos archivos existentes y continuar la exploración de los archivos familiares. Esas eran mis funciones objetivas. La conciencia, sin embargo, me susurraba otras, tácitas, difíciles de apalabrar y que se perdían en una miríada de sentimientos que, como investigadora no se me permitían. La añoranza de usted mientras no somos uno, era un ejemplo de éstos.

Vertiginosamente me daba cuenta de que el camino debía ser emprendido y ya, sin miramientos.

Siempre con la seguridad maltrecha del historiador con visos de antropólogo que busca respuestas en lo escrito, más que en lo sentido, empecé asegurándome de que lo que hasta ahora había sido guiado por la intuición y el tacto, correspondía a lo que los manuales de un buen antropólogo llaman trabajo etnográfico. Comprobando la necesaria “sistematización” de la totalidad que se pretende abordar mediante la “observación participativa” o, como lo he venido llamando hasta ahora, sin la legitimidad que otorga la academia (ya que, no se olvide cuán distintas se piensan la historia y la antropología) “devenir en”, emprendí de nuevo mi viaje (éste, que no ha dejado de enseñarme y de cuestionarme)

Ese día (ayer) supe que Marta  es una berraca; que Chory un artista; que la ASOGUAR (Asociación de Guaraperos Riosuceños) de Cola e’ pato existía desde hace muchos años y que nos sólo estaba dedicada a dignificar un hábito condenable por una sociedad bien moralista, también a hacer obras públicas olvidadas por el gobierno municipal, como la decoración de la plaza de abajo en fechas navideñas en medio de una sancochada acompañada, obviamente de guarapo, o como la adecuación de la vía que conduce a Sipirra, donde los recibieron con bombos y platillos, con un marrano y …guarapo; supe que para los “volantistas” fue mucho más importante el prestigio de un decreto en decadencia que la réplica a uno de esos tantos escritores que surgen  esporádicamente al calor de una crítica que requiere ser publicada; que Eliana vive los conciertos en Bogotá por medio del celular y que se emociona con cada llamada porque significa la evocación de un mundo que desea pero que al mismo tiempo teme asumir por lo que significa dejar Riosucio y todo los planes y proyectos que, desde acá, parecen posibles; ratifiqué que no sólo un infortunio económico genera una profunda depresión. En fin, como me lo sugirió el signore, entendí que las historias de vida cuentan y explican más que una narrativa que se pretende histórica.

 

One Response to “again”


  1. La añoranza de usted mientras no somos uno, era un ejemplo de éstos.


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